14 agosto 2007

Astrochuzos, astromerluzas, astromelopeas

Como estamos vagos, copio y pego este artículo sobre astronautas borrachos. Debo reconocer que le da un nuevo enfoque a la idea se subirse a uno de esos transbordadores espaciales.
Lo escribió un tal Charles Krauthammer, creo que para el Güasinton Post.

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Habrán ustedes escuchado las noticias, difundidas en tonos escandalizados en los telediarios de la noche o como material de chiste fácil en los programas de sátira nocturnos, que aseguran que al menos dos astronautas tenían alcohol en la sangre antes del lanzamiento. Una severa y sobria NASA ha asegurado a una nación en estado de ansiedad que este problema, descubierto por un estudio encargado por la agencia espacial, será examinado exhaustivamente y tratado como corresponde.
A lo cual yo respondería: déjenlo estar. Sé que la NASA tiene que ponerse seria y hacer lo más responsable, pero como letrado de la defensa –el único, por lo que yo sé– quiero llamar la atención del jurado sobre las siguientes consideraciones:
¿Ha estado usted alguna vez en la plataforma de lanzamiento? ¿Ha visto usted alguna vez esa hermosa y absurda cosa que pilotan los astronautas? Imagine que es usted el que está sentado encima de un cilindro con alas de 12 plantas de altura empalmado a un frasco gigante lleno con 2 millones de litros de oxígeno e hidrógeno líquidos. A continuación fije la atención en sus propios colegas, el equipo técnico, que estuvieron con usted en la plataforma, ajustaron su paracaídas de emergencia, le engancharon con correas a su asiento de lanzamiento, sellaron la escotilla y se despidieron sonriéndole a través de la ventanilla. Habiéndole dejado amarrado a lo que, en definitiva, es la mayor bomba sobre el planeta Tierra, descendieron 60 metros en ascensor y se alejaron no uno, ni dos, sino cinco kilómetros para observar mientras se pulsa el botón que prende la llama que inflama el combustible que le impulsa a usted al espacio.
¡Cinco kilómetros! Ésa es la distancia que calculan tienen que guardar para evitar el riesgo de calcinarse en caso de que algo saliera mal en la plataforma de lanzamiento sobre la cual, les recuerdo, estas personas insensatamente valientes están sentadas. ¿No querría usted estar algo bebido? ¿Estaría usted completamente fuera de sí si descubriera que un par de astronautas entre docenas bebieron un pelín? Me atrevo a decir que si los estándares de los quisquillosos médicos especializados en aeromedicina se hubieran aplicado a los pilotos que acudieron a cumplir su deber en la Batalla de Inglaterra, los anuncios de Piccadilly estarían hoy en alemán.
Denles un respiro. No son unos inseguros pilotos de aerolínea comercial intentando despegar de la pista y acelerar a través de las nubes y el denso espacio aéreo. Una lanzadera espacial en ascenso, se lo garantizo, se encuentra con muy poco tráfico. Y durante gran parte del despegue, el astronauta es poco más que carne enlatada; no son pilotos, sino conejillos de indias. Su única tarea es salir con vida.
Y para el momento en que los astronautas alcanzan la parte del viaje que exige maniobras delicadas y expertas –acoplamiento con la estación espacial internacional, reparaciones exteriores del casco en gravedad cero– ya habrá pasado tiempo desde que excretaron el alcohol en sus unidades de reciclaje
¿Vale?
Lo más triste de este sensacionalismo no es un achispado Capitán Kirk o dos, sino el hecho de que el espacio sólo llegue a los titulares en forma de farsa o mini-escándalo. Aquello que comenzó como un gran romance en los años 60, para los años 70 –en realidad, la mañana después del aterrizaje lunar de 1969– el amor se había convertido en rutina.
Cuando los astronautas del Apolo 13 difundieron su emisión en directo desde el espacio, ni una sola cadena lo emitió. No hubo interés. Hasta, claro está, la explosión que casi los mata, punto en el cual el mundo sintonizó dedicándoles una atención malsana.
Bien, ahora nos encontramos en la tercera etapa de nuestra odisea espacial: burlas y risas. La última gran noticia sobre el espacio antes de ésta fue la astronauta enloquecida por los celos en una escena que parecía sacada de Atracción fatal.
Es difícil culpar por completo de este estado de cosas a un público voluble. La culpa también descansa en los políticos idiotas que hace 30 años decidieron abandonar la Luna y enviarnos a un viaje sin sentido y sin final a la órbita baja de la tierra. La administración Bush, sensatamente, decidió poner fin a esta tontería y comprometerse a volver a la Luna y, en última instancia, a Marte. Si sus sucesores no lo echan a perder, en cuestión de 10 años la NASA nos devolverá a donde debiéramos haber llegado ya, a otros planetas.
Punto en el cual recordaremos el motivo por el que hicimos esto en primer lugar. Y cuando de nuevo nos maravillemos al ver humanos sobre la Luna –convirtiéndola esta vez en su hogar– no nos preocupará mucho si el salto tan alto que dan al andar es el efecto de la gravedad lunar o de un poco de alcohol introducido de contrabando.

2 comentarios:

Ray dijo...

Un hilito de cordura en tan insano país. Bravo por él.
Saludos Cordiales

Von Chemmen dijo...

Es lo suyo, de toda la vida se ha usado el alcohol para infundir valor, y está claro que según esta descripción, hace falta muuucho valor para subirse en una lanzadera. Saludos...serenos o no.